Efecto Pigmalión: Cosas que los demás me dicen que soy

MILIBRO

Cuando comencé a estudiar Historia del Arte no estaba segura de conseguir terminar. No podía reducir horas de trabajo, y aunque no es una carrera difícil, sí necesita mucha inversión de tiempo. Hasta que no hice el primer examen y supe que estaba aprobado no les dije nada a mis padres. He estudiado Ciencias toda mi vida y tenía miedo de decirles que me había matriculado en una carrera de letras.

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Durante muchos años mi familia fue propietaria de una mercería. Mi madre trabajaba en ella, y mi hermano y yo pasábamos allí las tardes que no había guardería. A veces era aburrido, pero aprendí a hablar, a escribir y a realizar operaciones matemáticas básicas muy pequeña. Cuando llegué al parvulario no tenía mucho que hacer, así que me dedicaba por completo a dibujar. Sigue leyendo

La isla mínima

Una película es buena si cuenta una historia que puedes reconocer o deja las ideas suficientes para que quieras vivirla. Kim Jong-il tiene una opinión similar.


Hace casi tres años que dejé de vivir en una ciudad para continuar haciéndolo en un pueblo. Sé que el proceso suele ser a la inversa, pero supe desde el primer momento que era otra de las cosas que la vida, el destino, o la suma de mis propios pasos, tenían para mí.

Siento que pertenezco a este lugar más que a la urbe. He sido educada como una ciudadana occidental de manual, pero los restos de “milana bonita” aún están en mí. Rural, de poca palabra, y con auténtica fobia a los señoritos.

Donde vivo hay un cine con solo una sala de proyección. Tiene dos alturas, y siempre escucho en taquilla decir a los mayores de 40 años que no quieren sentarse en el gallinero. Lo mejor de la sala es que tiene buena acústica y el precio de la entrada es razonable. Lo peor es que el tiempo que pasa entre las películas que me interesan, cada vez se dilata más. Si durante tres años te fijas en la cartelera, te puedes hacer una idea del habitante prototipo de este pueblo. El resultado es coherente y me gusta.

ANNYMAL LA ISLA MÍNIMA

 

Anoche fui a ver La isla mínima. No sabía nada de su argumento, ni del director, ni de los actores. Me gusta el cine español en general y lo disfruto sin ningún complejo. No leo críticas de cine, ni teoría cinematográfica, ni sabría valorar con cierto criterio cómo de buena es una interpretación. No me interesa por el momento. Tras cinco años de estudio intensivo de Historia del Arte, soy incapaz de mirar una pintura y no someterla a un tercer grado posmoderno. Lo que he ganado en comprensión lo he perdido en disfrute.

La isla mínima es una buena película. Con mucho dinero más, los momentos de acción hubieran sido tremendos, y probablemente la cinta hubiera contado con 30 minutos más de metraje. Para que los personajes hubieran podido explayarse. Porque realmente lo merecían. Pero la realidad supera a la ficción y nadie va por ahí dando demasiados datos sobre su drama existencial (salvo en facebook), así que lo veo justo.

LA COSECHA

En la ciudad, el tiempo se dividía así: las tres temporadas anuales de picos de trabajo y el resto optimizando preparativos para atender esas temporadas. Los picos de trabajo variaban de un año a otro, y entre un tipo de trabajo u otro.

Sin embargo, en las zonas rurales todo está más definido. No hablo solamente de su dependencia meteorológica, sino del ritmo de vida, que parece casi innato y muy poco susceptible a cambios. Da igual que tengamos acceso a la misma información y al mismo tiempo, aquí todo lleva el ritmo del campo. Incluso el wifi. Su velocidad es inversamente proporcional a las de las condiciones atmosféricas.

La isla mínima se ocupa del momento que hay entre el final de la feria y el comienzo de la cosecha. Puede parecer anecdótico, pero ese intervalo hace girar buena parte del argumento. La película no sería la misma si hubiese transcurrido en Semana Santa, por ejemplo. El problema se justifica inicialmente como el típico exceso que se comete en la época festiva, y si urge ser resuelto es precisamente por la llegada de la época de trabajo. Ese es el ciclo y ese es el ritmo.

Como Cañas y Barro, como Puerto Hurraco.

TRABAJAR EN LA COSTA DEL SOL

Supongo que la inmensa mayoría, si no todos, queremos estar en algún momento lo más lejos posible del lugar en el que hemos nacido. Y creo que es una etapa que todos deberíamos vivir, lo malo es que decidimos hacerlo en un momento en el que aún no sabemos quiénes somos.

Si bien es cierto que estar lejos te puede ayudar a saber no solo quién, sino qué eres (de hecho, creo que es lo único que se debería sacar de la experiencia), también sé que puede convertir un mal momento en un caos eterno. Irte en el momento equivocado te deja huérfano de hogar el resto de tu vida. No es nada malo en cualquier caso. Todos andamos huérfanos de algo.

La isla mínima presenta la Costa del Sol y la parafernalia hotelera como la oportunidad y la promesa. Ahora tenemos Berlín y hace diez años teníamos Mallorca. Pero la Costa del Sol en el momento que presenta la película era una idea más honesta. Y también supone la razón principal de la trama.

LA DESAPARICIÓN

Mi niñez terminó el 23 de enero de 1993. Esa noche, Nieves Herrero hizo un programa desde Alcácer que acabó de aterrorizar a mis padres. Aterrados por la confirmación del asesinato de las niñas, y más aterrados aún por tratar algo tan brutal como si fuera una subasta.

Creo que no hay un solo día que no relacione alguna insignificancia con ellas. Es difícil de explicar, pero es la única tragedia no personal que he sentido insoportablemente cerca.

La isla mínima me colocó de nuevo en la noche de Nieves Herrero. No solo porque la esencia es la misma, sino porque incluye los detalles más característicos del caso. Esta es la razón por la que no voy a volver a verla y por la que todos deberían hacerlo.


Son las 22.50 horas y mañana escribiré una newsletter contando lo que he hecho este mes.

El derecho a escapar

He usado zapatillas Converse durante los últimos diez años. Junto a los vaqueros, me han resuelto la vestimenta todo este tiempo y, pese a tener un uso diario, solo he tenido tres pares.

Me gustan porque las he llevado en las mejores etapas de mi vida, y de alguna forma han supuesto un talismán. En estos diez años también ha habido hecatombes de mayor o menor calado, pero si soy sincera, a veces pienso que las he superado por llevarlas puestas.

Esto quiere decir que considero estas zapatillas como una suerte de ángel de la guarda.

Con el resto de mis posesiones podría tener un comentario similar: son útiles y hacen que algunos aspectos de mi existencia sean más fáciles y felices. Pero ni es del todo cierto ni es así con todas ellas.

ANNYMAL CONVERSE

En casa de mis padres solo había la opción de recibir tres regalos al año: Reyes, notas de junio y cumpleaños. Las cosas básicas (y con básicas quiero decir absolutamente necesarias) estaban cubiertas en todo momento, así que esas eran las fechas en las que, tanto mi hermano como yo, podíamos tener acceso a las que no lo eran.

No sé si fue ese el motivo porque el que desarrollé un apego desmesurado a mis pertenencias. El esfuerzo y el tiempo de espera se me hacía tan largo que cuando por fin tenía lo que había pedido, me aferraba a ello de una forma muy intensa. Por poner un ejemplo, el primer disco de Alanis Morissette me costó un notable en Historia de 1º de B.U.P., y la colección de libros de Barco de Vapor supuso un verano eterno dándole clases particulares a mi hermano, hasta que llegó mi décimo cumpleaños.

Cuando crecí y empecé a ganar mi propio dinero, seguí un esquema similar. Si quería tener algo, no lo compraba en ese momento, sino que, como mínimo, esperaba a cobrar la nómina siguiente para hacerlo, o a aprobar un examen o a terminar un trabajo importante. Y entonces fui acumulando cosas que, además de cosas, eran trofeos a la paciencia y la perseverancia.

Y todo siguió ese curso hasta que un día tuve que mudarme precipitadamente y dejar mucho atrás. Lo que pude llevar conmigo acabó en un cuartito que mi familia me dejó de forma temporal.

Pasaron varios meses hasta que me acostumbré a no ver mis cosas a mi alrededor. A veces me despertaba pensando en algún libro que creía haber perdido e iba hacia el cuartillo (a diez minutos de mi casa andando) a buscarlo desesperadamente. Hasta que no lo encontraba era incapaz de calmarme y no imaginar el fin de los tiempos.

Con la ropa me pasaba exactamente igual. Si recordaba una blusa o pantalón que quería ponerme y no la encontraba, la calma se derrumbaba. El miedo a perder lo que tenía se expandía hasta convertirse en miedo a no poder volver a obtener lo que quería, en una espiral de ansiedad y tormento insoportables.

Al poco tiempo, cambié de lugar de trabajo y empecé a compartir piso. Poco a poco, las cosas que me había traído empezaron a estorbarme. Mi día a día pasaba por utilizar el ordenador para trabajar y los libros para estudiar. Hacía frío la mayor parte del tiempo y mis opciones respecto a indumentaria se redujeron a cinco o seis jerseys de lana. Los pies los llevaba siempre helados pero como ya os he contado las converse eran intocables. El resto de cosas prácticamente ni las miraba porque mi ritmo vital cambió también y no tenía tiempo ni voluntad de pararme demasiado en ellas. Aunque me parecieron importantísimas en su momento, a estas alturas ya estaban más que estropeadas y su única función era servir para recordar. Las tiré todas.

Paralelamente, mi familia me avisó diciéndome que necesitaba disponer del cuartito y tenía que vaciarlo con cierta urgencia. Me llevó un par de días hacerme a la idea, pero finalmente lo hice así: vendí la bici, regalé mis libros y los materiales de pintura a los amigos, y el resto dejé que mi padre se hiciera cargo de repartirlo, porque eran cosas que me recordaban momentos que ya no me apetecía recordar.

annymal converse 2

 

Hace dos semanas tiré mi segundo par de Converse. Reconozco que me costó desprenderme de ellas, pero en cierta forma me siento mucho menos cargada. Hace unos días preparé también una bolsa con ropa que ya no uso y la llevaré a un lugar donde sí lo hagan, y lo siguiente será ir desprendiéndome de lo que no utilizo hasta conseguir que mi próxima mudanza pueda hacerse con dos maletas.

Nunca pensé que mi vida iba a ser mejor sin recuerdos de mi pasado, ni que podría ser más feliz sintiéndome desapegada de todas ellas. Pero lo cierto es que he olvidado cuántos discos tenía, cuántos libros eran de vital importancia (por lo visto no tanta) y ya no tengo blusa de la suerte.

También he formateado el disco duro y tengo casi 1000 gigas para lo nuevo que estoy haciendo.


Son las 19.30 y soporto 12º. Esta semana he estado estudiando bastante y conseguí terminar la primera lectura de los tres manuales antes de empezar noviembre.

No tengo mucha más idea de lo que ha pasado en el mundo.

Vuelta al cole ´14

En apenas una semana empieza el nuevo curso. Tengo muchísimas ganas de matricularme y coger las que serán las últimas asignaturas de la carrera. He dejado las más complicadas para el final, porque llevo un par de años cogiendo mucha cantidad y poca dificultad,  y ahora voy a salir por la puerta grande con las más duras.

Además, mis previsiones laborales a unos meses vista son buenas. Esto quiere decir que ya puedo organizarme mucho y bien, porque estoy a escasos días de protagonizar una vuelta al cole por todo lo alto.

No me gusta prolongar las cosas más tiempo del que necesitan. Intento tener muy claro qué se espera de mí en cada trabajo y en cada examen, y asignarle un tiempo lo más específico posible a cada proyecto. Es obvio que a veces estos tiempos se dilatan, y aunque no tengo inconveniente en trabajar puntualmente más de la cuenta, en general no soy partidaria de hacer una tarea eterna en nombre de la perfección.

La perfección no existe: dos días después de entregar un trabajo descubrirás que podía ser mejor, y en cuanto entregues el examen recordarás tres o cuatro datos de vital importancia que te has dejado sin incluir.

Cuento esto para que entendáis como es mi día a día, y por qué no cuento con un horario de 9-17 para organizar tanto ese intervalo, como el resto de mi existencia.

LA PRODUCTIVIDAD MONITORIZADA

No es difícil encontrar información sobre la importancia de ser productivo y sobre todo, como serlo. Existen una serie de aplicaciones, tutoriales, listas, agendas, cursos y merchandising interminable. También existen unos hábitos para gente realmente efectiva que desconozcoNo soy una persona especialmente anárquica en cuanto a horarios productivos, pero soy incapaz de seguir unas pautas que no sean las que a mí en concreto me funcionan. No puedo seguir una agenda con una lista que haya planteado otro, ni interrumpir un momento de concentración porque ya lleve dos horas volcada en lo mismo.

Quizás lo que a mí me funciona no sirva para ti, por eso creo que es importante dejarse de programas, y listas, y planes de organización dignos de un proyecto de ingeniería, y aplicar una sola cosa: el sentido común.

Esto es lo que funciona conmigo

Levantarme / acostarme. Soy una morning person. De toda la vida. Una buena hora para empezar el día son las 06.00. Dispongo de dos horas antes de prepararme para trabajar que suelo emplear estudiando. No suena el móvil, no llegan correos, y el resto del mundo parece estar callado. En invierno se hace duro porque no hay luz, pero aun así me compensa. Eso conlleva tener que acostarme pronto, y a duras penas consigo llegar más allá de las 23.00 h. Tampoco es necesario estar despierta más tiempo, a partir de las 8 de la tarde no puedo hacer casi nada a un ritmo normal.

– Dejar el móvil en otra habitación / dejar el móvil en casa. Esto llevo probándolo poco tiempo, puede que un par de meses, no más. Poco a poco voy consiguiendo que los demás se comuniquen conmigo a través del correo, al que puedo acceder con solo levantar la vista y contestar sin tener que interrumpir bruscamente lo que estoy haciendo. La cantidad de tiempo que perdía atendiendo whatsapp era terrible, además de incómoda. Hay que hacer una pequeña campaña entre amigos y familia indicándoles que no envíen por esa línea nada que sea importante ni urgente, pero va dando resultado.

– Lo fácil a partir de las 8 de la tarde. Cosas como recoger, hacer la compra, atender llamadas no urgentes y recrearme en internet, siempre después de esa hora. No me supone ningún esfuerzo mental y no interrumpo momentos de concentración para realizarlas. No quiero decir que no sean cosas importantes, solo que no son difíciles. También aprovecho ese rato para anotar lo que es urgente para el día siguiente. Urgente no significa importante, porque importante parece ser todo. Solo anoto lo urgente, lo que no tiene demora posible. De esta forma, el día siguiente tiene parte de trabajo hecho y no tengo que pararme a recordar qué era lo realmente prioritario.

– Comida del mediodía vs. cena. Suelo comer mientras trabajo, y reservo la cena para desconectarme de todo y dormir tranquila. Aunque es costumbre en España que la comida del mediodía sea la más copiosa, tengo problemas para concentrarme con el estómago lleno, así que me compensa hacerlo así.

– No llegar tarde. Esto para mí es vital. Prefiero salir cinco minutos antes y llegar a los sitios con tiempo que tener que correr y llegar estresada y de mal humor. Por las mañanas sobre todo. Si corro, tardo unos 30 minutos en desacelerarme y empezar a trabajar.

– Mi agenda. La utilizo a la inversa. No tanto para anotar las cosas que quedan por hacer, sino las que ya he hecho y entregado. De esta forma puedo saber en qué momento y de qué manera terminé algo, en caso de tener que retomarlo. No me sirve para eventos futuros porque, como os he dicho, todo es importante, y lo urgente es para el mismo día o el día siguiente. También es muy útil para recordar presupuestos de proyectos que se aplazan, así como los cobros y la fecha de los mismos.

Hasta el momento, esto es lo único que funciona.


Son las 21.32 horas, lo que quiere decir que hace hace 90 minutos que empecé a estar cansada y que faltan otros 90 para irme a dormir. En Afganistán, Ashraf Ghani ha firmado con EE UU el Convenio Bilateral de Seguridad. Y no hay calificaciones que mostrar en mi campus de estudiante.