Razones por las que ilustré un cuento infantil

Ágata la gata matemática

Durante muchos años mi familia fue propietaria de una mercería. Mi madre trabajaba en ella, y mi hermano y yo pasábamos allí las tardes que no había guardería. A veces era aburrido, pero aprendí a hablar, a escribir y a realizar operaciones matemáticas básicas muy pequeña. Cuando llegué al parvulario no tenía mucho que hacer, así que me dedicaba por completo a dibujar.

Me encantaba leer. Las tardes se pasaban volando y me entretenía muchísimo. En mi casa no había cuentos. Mis padres, y sobre todo mi tía, nos los contaban según su versión de los hechos, así que empecé a leer lo que tenía más a mano: la revista Pronto. Mi abuela Eduarda es una incondicional de la publicación y nos llevaba los números atrasados, así que a día de hoy conservo muchos recuerdos de la sociedad y los sucesos macabros de los años 80. A mi madre le horrorizaba y acabó comprándome la colección Barco de Vapor.

El caso es que no tengo apenas referentes de cómo son los libros infantiles. He visto algunos, por supuesto, pero se escapan bastante a mi control. Puede que por esa razón no me guste la ilustración infantil. Me resulta cargante y reiterativa, y con cierta tendencia a llenar todo el papel de dibujos y fondos.

Mi vida profesional consiguió esquivar la ilustración infantil una buena temporada, hasta que hace tres años mi editora me llamó con una propuesta que no podría rechazar. Tenía razón.

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La propuesta tenía dos partes: la parte mala es que era un cuento para niños. La buena y la que me hizo decidirme fue que hablaba de una gata llamada Ágata que además era matemática. Si hay algo que todo el mundo sabe de mí, es lo muchísimo que me gustan los gatos… y sobre todo los míos. Además, quería ponerme a prueba. Que podía diseñar un cartel y hacer un retrato lleno de color era algo que todos sabíamos, pero que pudiera conseguir un lenguaje visual acorde a niños pequeños no estaba claro.

Me costó horrores empezar a ilustrar. El momento de hacerlo coincidió con mi llegada al pueblo en el que vivo. Mis gatos no estaban conmigo por esa y otras razones, y aunque por una parte dibujar a la gata conseguía que los tuviera presentes, por otra me hacía padecer bastante. El resultado es que la protagonista del libro, Ágata la gata matemática, se parece muchísimo a Vitamina. O puede que a Pandora.

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La primera versión de las ilustraciones fue directamente a la papelera sin enviarlo a corrección. Me documenté sobre lo que se estaba haciendo en diseño de libros infantiles en ese momento, y traté de imitarlo. Un desastre. Un horror vacui.

La segunda fue mejor. Conseguí darle la fuerza al dibujo con un trazo negro más o menos grueso y dejar todo el espacio blanco que necesitaba para respirar. La tipografía la tuve clara enseguida, y la maquetación también, pero el tratamiento del color se me hizo un poco cuesta arriba. Probé luces, sombras, degradados y un montón de cosas que en esta ocasión eran inútiles. Finalmente entendí que lo único que necesitaba eran colores planos.

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Como lo iba ilustrando mientras trabajaba y estudiaba la carrera, solo podía ponerme con él los fines de semana, así que el proceso se alargó más de lo esperado. Cuando lo terminé estaba contenta. Después del primer intento pensé que lo mejor era no forzarme a hacer algo que no me gustaba y además no estaba capacitada, pero ya en el segundo round supe que lo iba a terminar de forma aceptable. Ahora lo hubiera hecho de otra forma completamente distinta, pero tres años después han cambiado tantas cosas y he cambiado tanto yo, que sé que el libro es mío porque conservo los archivos originales.

Ágata tardó mucho tiempo en entrar en imprenta. Mientras los meses pasaban, recuperé a mi gata Mercurio y me reconcilié con la ilustración infantil. Casi con todo lo infantil diría yo.

Se imprimió en mayo de este año y al poco ya estaba en mis manos.

Unas semanas después llegaron los gatos que me quedaban por rescatar.