Working Class Heroes

El tiempo de ocio siempre me fue extraño. No recuerdo haber estado cómoda haciendo algo que no tuviera algún propósito en ningún momento de mi vida. Cuando estoy cansada, duermo. Cuando necesito parar y coger aire, salgo a la calle. Y el resto del tiempo trabajo, estudio, y vigilo que mis personas queridas estén todo lo bien que pueden estar.

Puede sonar aburrido hasta decir basta, pero salvo en los momentos en los que estoy a punto de llegar un saldo negativo en mi cuenta, no deseo ninguna otra forma de vivir.

Son esos momentos los que han hecho que intente analizar mi responsabilidad en este gigantesco caos económico. Si miro a mi alrededor, tengo un 15% de superávit respecto a cosas sin las que podría vivir, además de dormir bajo techo, comer caliente y no correr peligro de muerte. Pero no estoy hablando de cosas, sino de responsabilidad. No voy a perder el tiempo en culpar al gobierno, a las subprime y a la deslocalización del sector industrial.  El problema es que no he sido capaz de generar riqueza para mí misma y sí lo hago para otros.

Mi primer error fue aceptar un contrato de prácticas cuando terminé de estudiar. Pude haber aprovechado esos dos meses en planear como generar ingresos con lo que acababa de aprender, pero me resultó fácil no tener que implicarme demasiado y soñar con un posible contrato cuando finalizara. Trabajé duro y trabajé bien, aunque en ningún momento llegué a tener ningún tipo de responsabilidad. Como no la tuve, no tuve la oportunidad de equivocarme, así que aprendí bastante poco. Obviamente no hubo contrato. Una empresa que quiere contratar a alguien directamente lo contrata.

En mi opinión hay algo enfermizo en este tipo de prácticas. Obligan a la persona que las coge a seguir dependiendo de quien la sustenta, y se hará polvo manteniendo una ilusión que seguramente nunca pase de ahí. Además, les da un sueldo de beneficios mensual a la empresa en la que está, lo cual es muy de locos.

Algo después de aquello, la gran recesión dijo HOLA y llegó para quedarse. Ante la ausencia de unos posibles ingresos, pensé que sería buena idea coger trabajos sin recibir nada a cambio, con la idea de promocionarme. Así que me pasé una buena temporada ganando dinero con algo que no tenía nada que ver con mi vocación, para poder pagarme lo que yo quería y sabía hacer. A día de hoy, y de eso ya han pasado 5 años, no he tenido ninguna oferta gracias a ninguno de los muchos proyectos que realicé para otros. Hubiera sido mucho mejor y más rentable hacerlo para mí, o incluso compartirlo con todo el mundo a través de internet.

Como no me gustan los favores, lo cual quiere decir que odio sentirme en deuda con alguien, de un tiempo a esta parte empiezan a molestarme mucho las exigencias a la inversa. Al principio parecen bienintencionadas, haciéndote pensar que valoran y aprecian tu trabajo tantísimo, como para que nadie en el mundo pueda hacerlo para ellos sin ser tú. Y tienen toda la razón: nadie en el mundo debería hacerlo si no lo piensan pagar.

Cuando alguien te pide que trabajes para él gratis, detente a pensar si está valorando tu forma de hacer las cosas, tus habilidades o la diferencia que puedas aportar, o están valorando que no van a tener que pagarte. Entiéndeme, cuando alguien quiere tu trabajo, lo primero es la plata por delante. Todo lo demás es perder dinero tú.

No hay fábricas. No hay minas. Podemos va a cargarse al funcionariado. Así que… aprende a hacer algo y hazlo extraordinariamente bien. O plantéate la posibilidad de emigrar a un país emergente. Pero NO TRABAJES GRATIS para otros.

Adivina quién viene a cenar

El propósito de quedar a cenar es la medida más socorrida para cerrar una conversación que no quieres tener con alguien. El escenario suele ser: ir con prisa por la calle o conectarte a whatsapp para atender a tu madre.

De repente y sin haberte preparado, te ves abordada por una persona que, o bien hace tiempo que no ves, o hace tiempo que dejó de interesarte. Como la vida es breve y hay que ser polite siempre, te escabulles como buenamente puedes después de algunas frases predefinidas, no sin antes invitar a tu interlocutor a una cena.

Aparentemente nada ha cambiado en tu vida, pero tu ánimo acaba de ser invadido por una basurita apenas perceptible. Si no eres fumador, es el momento de empezar. Si lo eres, baja a por más.

La mayor parte de las veces la cena no llega a producirse. Ambos entendéis que ha sido un momento cordial, y que si ha habido cierto distanciamiento es porque, al menos, una de las partes así lo ha visto oportuno. No hace falta ser catedrático de la Sorbona para distinguir una invitación forzada de un deseo genuino, pero dar por hecho que los demás tienen tu misma línea de deducción puede hacer de tu vida un auténtico calvario.

Dependiendo del nivel de interés que muestre tu invitado, serás reclamado en un plazo mínimo de una semana y máximo de dos meses. Piensa en ello cada vez que utilices ese recurso para desaparecer de un encuentro. Si pasado ese tiempo no tienes noticias, no puedo decirte que respires tranquilo, pero te animo a volver a buscar la paz de espíritu.

Si tu invitado se manifiesta recordándote que le debes una cena en TU CASA, tienes dos problemas: pactar día y hora y buscar algo para depositar tu ira. Además, va a utilizar ese verbo de la segunda conjugación que te va a joder muchísimo, pero al fin y al cabo eres el que ha decidido sostener esta relación y además va a alimentarla. En tu casa. De tu bolsillo.

Mi consejo es que te prepares para ello. Pacta la fecha con tiempo suficiente. Si has llegado hasta aquí, lo mínimo es que puedas hacer de la reunión una buena historia.

Aunque el 90% de la población reconoce no interesarse por la política, lo que quieren decir en realidad es que no les interesa que les lleves la contraria. Incluso la pasividad vital es un acto político en sí. Como doy por hecho que los temas cotidianos se agotarán en los primeros diez minutos, identifica la tendencia de tu invitado y pásatelo bien.

Continuará.


Mientras escribo me enfrento a un domingo parcialmente nublado. Israel abate un dron sirio que sobrevoló los altos del Golán y mis órganos vitales fallan cada vez que leo la palabra “machirulo”.

Y encima es mi cumpleaños

Hace unos meses mi mejor amiga me habló sobre un libro que estaba revolucionando su forma de entender el mundo. El propósito del mismo era introducir en tu vida cambios aparentemente insignificantes, a través de pequeñas instrucciones del tipo

  1. Show respect for teachers
  2. Save ten per cent of what you earn
  3. Admit your mistakes

y así, mediante 1532 frases de una simpleza extrema, proporcionar unas pautas para vivir bien, o al menos, vivir mejor.

Algunos días nos escribíamos en twitter el número de la instrucción que tratábamos de practicar en ese momento, hasta que poco a poco la cosa fue derivando en dejarnos bromas de dudoso gusto como “No importa lo deprimida que estés. Lleva siempre el bigote depilado.” o “No importa lo lista que te creas. Siempre seré más vieja y más penca que tú.”, y se convirtió en un hábito muy divertido que por supuesto acabamos abandonando. Hasta el momento, internet no ofrece ninguna experiencia mejor que la que suponen años de amistad y de problemas cotidianos comunes llevados al extremo y al delirio. Acabamos dejando twitter porque en el fondo lo que allí se dice no le interesa a nadie.

Meses después de nuestro furor sobre como vivir vistiéndonos por los pies, he seguido dándole vueltas no solo a las ideas del libro, sino también a las que he ido aprendiendo a lo largo de los últimos años, en una especie de cuenta propia. He de decir que los primeros 15 años de mi vida consistieron en una especie de hibernación… o de letargo, de los que no recuerdo nada que no sea el aprendizaje básico de cualquier ser humano. No hay puntos de inflexión, ni traumas, ni nada que marcase ese tiempo de forma especial. Señalo los 15 como abandono de mi prehistoria por la siguiente razón: la asignatura de filosofía entra en mi programa de estudios y empieza el badabom.

El badabom consistió en no validar ningún pensamiento adolescente que no siguiera los dictados de la lógica proposicional, o que yo considerase que carecía de cualquier rigor científico. Como mi modalidad de estudios eran las ciencias puras, creía estar en disposición de las más absolutas verdades, bajo el amparo de mis libros editorial SM. Si este párrafo ya es absurdo en sí mismo, nadie puede imaginar el infierno que supuso solucionar mis problemas reales o inventados con esos métodos.

A día de hoy, mantengo esa línea de pensamiento. No he encontrado momento ni lugar para hacer cambios en ese sentido, y como contra todo pronóstico, sigo viva y sigo bien, pues ladran, Sancho…

Hoy cumplo años y me he regalado poner en orden mis instrucciones, resumidas en cuatro puntos fundamentales.

· Maneja bien a quién perdonas. Y si es posible, no perdones a nadie que no sea de tu familia*. No vivo este planteamiento como una fuente de dolor y resentimiento eterno, sino como la decisión más liberadora que recuerdo.

Es muy complicado hacerme enfadar de una forma tajante. Tengo una facilidad asombrosa para no darle importancia a los dramas primermundistas, y soy el tipo de persona a la que casi todo le parece bien. Hasta que un día deja de parecérmelo y la persona responsable entra a formar parte de mi black list.

Estar en mi black list es lo más parecido al paraíso: nunca más va a saber de mí a no ser por terceros. Su vida seguirá tranquila y tendrá más tiempo para buscar otro objetivo al que tocarle las narices. Lo siento por los damnificados que están por venir, pero para ese entonces posiblemente ni recuerde al causante de mi enfado. Si algún día nos cruzamos se volverá automáticamente invisible, a no ser que se acerque a mí. Gritaré hasta que se aleje.

· *La familia. La lealtad. Cuando hablo de familia me refiero a la que viene en el pack y a la que luego formas tú. El amor hacia el primer tipo es incondicional. Ni yo les escogí a ellos, ni ellos a mí, así que la única forma que entiendo para mantener estos lazos es el amor por el amor, o el distanciamiento más absoluto. Aunque mi núcleo tiene una desestructuración que rompe estadísticas y además: hoy es domingo, cumplo años y estoy sola en mi apartamento, sé que le arrancaría la garganta sin pensarlo a cualquiera que les hiciera daño. Esta inclinación o te nace o no. No se puede forzar y no es una instrucción en sí misma. Sencillamente… es.

El segundo tipo, compuesto por mis amigos y mi pareja, es el que cumple las funciones que el primer grupo debería cubrir, y la idea que se impone en mi relación con ellos parte de la más absoluta lealtad. No se les traiciona, no se habla mal de ellos, no se les echan en cara sus propias decisiones y si alguno dice salta, el resto salta. Utiliza tu individualismo para elegir perfume, trepar en tu trabajo, ser de pepsi o coca-cola e incluso para ver los videos en youtube o vimeo… pero nunca le tires el ego a tu familia.

· Sé valiente. Esto es lo más difícil y lo que más esfuerzo diario necesita. Ser valiente empieza por parecerlo, y no pienses que eres un impostor…  los demás realmente no notan que finges. Mirar a los ojos a la persona que te está hablando, defender tu opinión con criterio y sobre todo, callarte cuando procede, ayudan. Si además consigues centrarte y obligarte a terminar las cosas importantes que empieces, seguramente acabes fortaleciendo tu carácter.

Insisto en la voluntad. Da igual la tarea que te hayas propuesto hacer si antes la has valorado mínimamente: haz lo que tengas que hacer para llevarla hasta el final. No conozco otra forma de aprendizaje.

· Veto en contra de las discusiones sin sentido. Si se dan en internet, abolición total. Considera el tiempo y la energía que requieren, y considera también el fin último: tener razón. Si no eres un tertuliano de telecinco, difícilmente repercutirá en tu bienestar. El subidón de las discusiones puedes obtenerlo con una bebida energética o con 5 km de carrera, y además evitarás al resto de los mortales con dos dedos de frente, mantener por educación semejante sopor.

Si la causa es de suma importancia, y no se me ocurre más importancia que la que puede ser defenderte de una agresión o defender a tu familia, ni siquiera hace falta que discutas. Expresa rotundamente tu parecer y cierra con un golpe en la mesa.

Y luego sal del plano.


Y encima es mi cumpleaños es un libro de Manuel Astur.

En la portada de El País el Psoe propone cambiar la forma de elegir a los altos cargos del Estado y Merkel respalda en Kiev la integridad territorial de Ucrania.