Efecto Pigmalión: Cosas que los demás me dicen que soy

MILIBRO

Cuando comencé a estudiar Historia del Arte no estaba segura de conseguir terminar. No podía reducir horas de trabajo, y aunque no es una carrera difícil, sí necesita mucha inversión de tiempo. Hasta que no hice el primer examen y supe que estaba aprobado no les dije nada a mis padres. He estudiado Ciencias toda mi vida y tenía miedo de decirles que me había matriculado en una carrera de letras.

La noticia fue recibida con una alegría fuera de lo normal. Soy la primera Castro que quiso estudios superiores, y tanto al principio como durante, y por supuesto hasta el final, han sido unos auténticos cheerleaders. Haciendo memoria, creo que no hay nada en lo que no me hayan apoyado habiendo antes explicado mis motivos.

Siempre acabo hablando de las personas que me criaron. Me hago mayor, estoy lejos y tengo la perspectiva suficiente para darme cuenta de que hay poco en mí que no sea suyo.

Hasta hace unos meses yo no conocía la existencia del Efecto Pigmalión. Un amigo compartió un vídeo en facebook, y por más que anunciara una compañía de seguros, me maravilló el concepto. Me di cuenta enseguida de que, de alguna forma inconsciente, mi familia lleva toda la vida usándolo conmigo. Empecé a analizar el lenguaje que utilizan cuando hablan conmigo y de mí (somos un poco lleva y trae), y no utilizan apenas adjetivos. Nunca he oído “Tú eres ESTO“, sino que valoran lo que hago o dejo de hacer para criticar un hecho concreto. Puede que utilicen algo así “Has hecho ESTO y ESTO está bien/mal/regular/fatal/mereces cárcel/estupendamente/mereces un monumento”.

Sin embargo, las personas nos hacemos adultas y ampliamos relaciones, y entonces empezamos a ser valoradas y definidas por los demás, en ámbitos más inhóspitos. Mis treinta se han convertido en un auténtico BADABOM. El Efecto Pigmalión pasa a ser menos amable y puede cargarse un proyecto, un buen día, una semana y a poco que te descuides te deja tocado de por vida.

Ahora, que vivo en un pueblo más o menos pequeño, lo llevo bien dentro de los límites de lo razonable, pero me encuentro con una tendencia al lanzamiento de opinión que no había visto hasta la fecha. Es un trabajo extra acabar un día sin enloquecer gracias al juicio ajeno. Por supuesto, hay veces en las que es positivo y una se anima y se crece porque, por más que los comerciales del rollo buenista se empeñen en hacernos llegar mensajes del tipo “Sólo tú sabes lo que vales” o “Tú puedes con todo” y BLAH, por lo general, hay que estar hecho de auténtico cemento armado para no te afecten de una forma u otra.

Aun así, yo, que todo lo puedo, los escucho, leo y atiendo con sonrisa siempre, aunque la mayor parte del tiempo más que entretenerme y enriquecer mi deseo de liarme a tiros mundo interior, me saturan muchísimo.

En los cuatro años que llevo trabajando aquí, he conseguido identificar a tres grupos de lanzadores de opinión. En este grupo no entran las bellas personas, porque el tiempo que trabajo con ellos es constructivo y armonioso, y el resultado habla por sí solo. NO, estos tres grupos son los que consiguen que llegue a mi casa sin una gota de energía. Hasta he empezado a practicar yoga en un intento desesperado de recuperar algo de tono.

Tenemos a:

· Los críticos de arte dualistas. Su valoración de mi trabajo puede ser MODICABLE/NO SERVIR PARA NADA. Todo me parece bien, y de hecho prefiero cambios antes que a alguien descontento. Lo único malo del crítico de arte dualista es que no es capaz de identificar y transcribir lo que puede gustarle o al menos parecerle útil. Su Efecto Pigmalión consiste en decir “No se te da bien TAL” o “Eres muy caótica” o directamente “No eres capaz de entender nada”. No pueden gustarme más.

· También tenemos a los que yo llamo SPAM. Su función básica consiste en traer trabajos de la competencia y someterlos a escrutinio público. Este grupúsculo es el peor. Incapaces de aportar algo de valor a las vidas de los demás, basan su existencia en el daño gratuito y además siempre buscan adeptos. Si consigues identificar a algún cliente/amigo bajo el grupúsculo de SPAM, no hace falta ni que le dirijas la palabra. Sácalo de tu vida lo antes posible y para siempre. Piensa que hablan mal de los demás no para que tú hagas mejor tu trabajo lo que ellos quieren, sino porque no saben hacer nada mejor.

· Por último están los SEÑORES. Este grupo me provoca una ternura enorme. Suelen ser de derechas, y utilizan la frase “hechos a sí mismos” indiscriminadamente. Su rango de valor es “si yo puedo tú también puedes”. Normalmente pretenden que desarrolles una imagen para la empresa que han tardado una década en levantar… en dos días. La quieren además porque les tienen mucha envidia a los emprendedores treintañeros y piensan que cambiar su marca les hace actuales y competentes. No dudo que no lo sean ya, pero cambiar por una marca por capricho y sin que haya diferencia no soluciona nada. Los SEÑORES no tienen demasiado gusto, y cuesta la misma vida sacarles de las tipografías romanas y los logotipos cuyo símbolo es literal al nombre de su empresa, pero les quiero mucho. Suelen oler bien. Se refieren a mí como “la chica” y se quedan muy confundidos cuando les digo que yo no llevo la contabilidad, sino que me dedico a componer. A veces les explico que cuando estudié auxiliar administrativo (???) hice un máster de photoshop. Se vuelven locos.