El derecho a escapar

He usado zapatillas Converse durante los últimos diez años. Junto a los vaqueros, me han resuelto la vestimenta todo este tiempo y, pese a tener un uso diario, solo he tenido tres pares.

Me gustan porque las he llevado en las mejores etapas de mi vida, y de alguna forma han supuesto un talismán. En estos diez años también ha habido hecatombes de mayor o menor calado, pero si soy sincera, a veces pienso que las he superado por llevarlas puestas.

Esto quiere decir que considero estas zapatillas como una suerte de ángel de la guarda.

Con el resto de mis posesiones podría tener un comentario similar: son útiles y hacen que algunos aspectos de mi existencia sean más fáciles y felices. Pero ni es del todo cierto ni es así con todas ellas.

ANNYMAL CONVERSE

En casa de mis padres solo había la opción de recibir tres regalos al año: Reyes, notas de junio y cumpleaños. Las cosas básicas (y con básicas quiero decir absolutamente necesarias) estaban cubiertas en todo momento, así que esas eran las fechas en las que, tanto mi hermano como yo, podíamos tener acceso a las que no lo eran.

No sé si fue ese el motivo porque el que desarrollé un apego desmesurado a mis pertenencias. El esfuerzo y el tiempo de espera se me hacía tan largo que cuando por fin tenía lo que había pedido, me aferraba a ello de una forma muy intensa. Por poner un ejemplo, el primer disco de Alanis Morissette me costó un notable en Historia de 1º de B.U.P., y la colección de libros de Barco de Vapor supuso un verano eterno dándole clases particulares a mi hermano, hasta que llegó mi décimo cumpleaños.

Cuando crecí y empecé a ganar mi propio dinero, seguí un esquema similar. Si quería tener algo, no lo compraba en ese momento, sino que, como mínimo, esperaba a cobrar la nómina siguiente para hacerlo, o a aprobar un examen o a terminar un trabajo importante. Y entonces fui acumulando cosas que, además de cosas, eran trofeos a la paciencia y la perseverancia.

Y todo siguió ese curso hasta que un día tuve que mudarme precipitadamente y dejar mucho atrás. Lo que pude llevar conmigo acabó en un cuartito que mi familia me dejó de forma temporal.

Pasaron varios meses hasta que me acostumbré a no ver mis cosas a mi alrededor. A veces me despertaba pensando en algún libro que creía haber perdido e iba hacia el cuartillo (a diez minutos de mi casa andando) a buscarlo desesperadamente. Hasta que no lo encontraba era incapaz de calmarme y no imaginar el fin de los tiempos.

Con la ropa me pasaba exactamente igual. Si recordaba una blusa o pantalón que quería ponerme y no la encontraba, la calma se derrumbaba. El miedo a perder lo que tenía se expandía hasta convertirse en miedo a no poder volver a obtener lo que quería, en una espiral de ansiedad y tormento insoportables.

Al poco tiempo, cambié de lugar de trabajo y empecé a compartir piso. Poco a poco, las cosas que me había traído empezaron a estorbarme. Mi día a día pasaba por utilizar el ordenador para trabajar y los libros para estudiar. Hacía frío la mayor parte del tiempo y mis opciones respecto a indumentaria se redujeron a cinco o seis jerseys de lana. Los pies los llevaba siempre helados pero como ya os he contado las converse eran intocables. El resto de cosas prácticamente ni las miraba porque mi ritmo vital cambió también y no tenía tiempo ni voluntad de pararme demasiado en ellas. Aunque me parecieron importantísimas en su momento, a estas alturas ya estaban más que estropeadas y su única función era servir para recordar. Las tiré todas.

Paralelamente, mi familia me avisó diciéndome que necesitaba disponer del cuartito y tenía que vaciarlo con cierta urgencia. Me llevó un par de días hacerme a la idea, pero finalmente lo hice así: vendí la bici, regalé mis libros y los materiales de pintura a los amigos, y el resto dejé que mi padre se hiciera cargo de repartirlo, porque eran cosas que me recordaban momentos que ya no me apetecía recordar.

annymal converse 2

 

Hace dos semanas tiré mi segundo par de Converse. Reconozco que me costó desprenderme de ellas, pero en cierta forma me siento mucho menos cargada. Hace unos días preparé también una bolsa con ropa que ya no uso y la llevaré a un lugar donde sí lo hagan, y lo siguiente será ir desprendiéndome de lo que no utilizo hasta conseguir que mi próxima mudanza pueda hacerse con dos maletas.

Nunca pensé que mi vida iba a ser mejor sin recuerdos de mi pasado, ni que podría ser más feliz sintiéndome desapegada de todas ellas. Pero lo cierto es que he olvidado cuántos discos tenía, cuántos libros eran de vital importancia (por lo visto no tanta) y ya no tengo blusa de la suerte.

También he formateado el disco duro y tengo casi 1000 gigas para lo nuevo que estoy haciendo.


Son las 19.30 y soporto 12º. Esta semana he estado estudiando bastante y conseguí terminar la primera lectura de los tres manuales antes de empezar noviembre.

No tengo mucha más idea de lo que ha pasado en el mundo.