Milagro japonés

Me preocupa muchísimo el suicido de los demás. Me preocupa saber que en el preciso instante en el que alguien decide lanzarse a las vías del tren no haya nadie que pueda detenerle.

Tetsuya Ishida terminó con su vida a los 32 años. Hubiera sido un artista de culto incluso en el caso de no haberlo hecho porque más allá de la depresión, del dolor, de la falta de esperanza y del gris plomizo de las grandes urbes, fue otro de los elegidos para hablar en ese preciso idioma que todos podemos entender.

Más allá de lo kafkiano de sus hombres-larva, del nihilismo generacional, de la crisis económica endémica pandémica MORAL y del sabernos emocionalmente precarios, el suicidio de Tetsuya me disloca completamente porque sé que encontró el rosa.

Después del gris descubrí que ese fondo, justo en esos salaryman volantes, había un precioso color rosa bebé.

N. estaba aparentemente concentranda y corrí hacia ella para compartir el hallazgo: en el fondo había esperanza. En algún momento Tetsuya supo que esto se iba a pasar, que era otro bache, que si respiraba hondo, el gris acabaría diluido y del 100% de infelicidad, conseguiría pasar al 90%.

Pero supongo que nadie estuvo cerca para agarrarle.

N. a mí, sí.